Carlos Blanes, investigador del Instituto ai2

Publicado el 3 diciembre, 2018

 

Estudié Ingeniera Industrial en Madrid. Mientras estudiaba siempre pensaba que necesitaba aprender más y más para poder encontrar un trabajo. Salí de la universidad pensando que el desconocimiento que tenía dificultaría la incorporación al mercado laboral. Tenía mi título y la idea de que nadie me contrataría debido a mi falta de experiencia.

No fue así desde un principio y tuve la posibilidad de elegir. Renuncié a continuar en un departamento de la Universidad Politécnica de Madrid. Quería conocer mundo. Renuncié a trabajar en una gran compañía eléctrica porque pensé que me estancaría en la gestión sin poder desarrollar conocimientos técnicos propios de un ingeniero. Encontré un trabajo muy específico y de alta cualificación en el sector aeroespacial, en donde estuve algún tiempo. Quería saber más y no ser solamente el experto en. Pensé, lo mejor sería trabajar en una pequeña empresa para poder aprender de todo, así fue como acabé en aquella pequeña constructora pasando por multitud de funciones: diseñar máquinas, aprender a soldar, manejar una retroexcavadora…

Finalmente, tras lanzarme a la aventura por el mundo con mi bicicleta y regresar a Europa, pasando por Irlanda como reponedor de frutas y verduras, encontré un trabajo cualificado en el sector del automóvil en Valencia. Este sector era para mí como una entelequia, un reto muy atractivo en múltiples aspectos para un joven ingeniero. Allí pasé varios años en los que acumulé experiencia gracias al paso por distintos proyectos. Cualquiera habría pensado que era un buen trabajo para establecerse y garantizarte un sueldo decente, quizás para toda la vida. Era algo con lo que muchos habíamos soñado mientras estudiábamos.

Un día me di cuenta de que mis días allí eran como el “día de la marmota”. Sabías por donde te venían problemas. Ya conocía, a mi entender, el trabajo del día a día y éste se convirtió en una monotonía. Había adquirido experiencia y el trabajo era ya mucho más cómodo. No había grandes novedades tecnológicas que aprender. Las perspectivas de progresión te empujaban a la gestión alejándote poco a poco del aspecto más técnico. Salió de nuevo ese ingeniero inquieto que necesitaba seguir aprendiendo cosas nuevas. Y ahora qué, ¿quizás sea el momento de cambiar de trabajo, de comenzar otra vez un nuevo ciclo?

Surgió entonces la posibilidad de incorporarme en un proyecto de investigación en el Instituto ai2 de la UPV. El plan era descabellado: un sueldo un 40% inferior, un contrato temporal, alta incertidumbre a largo plazo… pero era el sitio ideal para seguir trabajando como el ingeniero que quiere seguir aprendiendo cosas nuevas. El cambio fue realmente brusco y a mejor desde el primer día. El horario era realmente flexible, los compañeros, jóvenes y menos jóvenes, estaban altamente cualificados y especializados, había una increíble cantidad de herramientas de toda índole y la posibilidad de seguir estudiando, de hacer un máster, de sacarte el doctorado. En fin, lo ideal para complicarme la vida, pero también para tener una buena salud mental.

Ya han pasado 11 años desde que entré en el Instituto ai2 y, aunque seguimos con la incertidumbre sobre el futuro del trabajo, no he parado nunca de trabajar. Cada día surgen nuevos retos, nuevos proyectos, nuevas ideas… todo te invita a seguir aprendiendo. Recientemente me incorporé como Profesor Asociado al DISA. Otro nuevo reto, otra nueva oportunidad de seguir aprendiendo y de seguir complicándome la vida.

Echo la vista atrás y analizando los diversos trabajos que he realizado, creo que es vital el trabajo en equipo. Creo que, detrás de todo buen trabajo, hay siempre un buen equipo de trabajo. Sinceramente, es lo que probablemente más me ha costado encontrar, trabajes donde trabajes. Doy un tirón de orejas a todos para fomentar el trabajo en equipo tanto aquí, en la universidad, como en cualquier otro lugar.


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