
A mediados de los años noventa entré en un grupo de investigación. Lo que inicialmente tenía como finalidad realizar mi TFG en un campo que me atraía, los gráficos por ordenador, se tradujo, poco a poco, en el descubrimiento de un campo de investigación que despertó en mí un enorme interés: la aplicación de la realidad virtual y la realidad aumentada en el campo de la salud. Fue tal el interés que, por pura lógica, me propuse hacer el doctorado y desarrollar mi Tesis Doctoral en dicho campo. Paralelamente a ello, y aunque lo de investigar estaba muy bien, fue cobrando fuerza la necesidad de “ganarse la vida” y vi con buenos ojos el intentar hacer carrera docente, con todo lo que ello significaba, a nivel de tener que obtener méritos suficientes como para “promocionar” y poder optar a un puesto docente en la universidad.
Todo ello se tradujo en una pregunta: “Pero ¿qué es lo que hay que hacer para conseguir eso?”.
Fue muy sencillo conocer qué es lo que se debía hacer para obtener esos méritos. Fácilmente, y a través de compañeros que estaban en igual circunstancia o que ya lo habían estado, llegó a mí toda la información necesaria: había que participar en proyectos, asistir a congresos y, sobre todo, publicar artículos (“publicar, publicar y publicar”). También fue fácil enterarme de qué organismos del estado se encargaban de evaluar dichos méritos y qué normativas y requisitos tenían que seguirse para presentarlos y ver si así podía optar a una evaluación positiva.
Mi participación en proyectos orientados al desarrollo de sistemas virtuales para el tratamiento de trastornos psicológicos se tradujo en diversos artículos. De igual manera ocurrió con mi participación en proyectos orientados al desarrollo de sistemas virtuales para la rehabilitación física y cognitiva de pacientes con traumatismos neurológicos o para la psicoeducación de niños con autismo. Profesionalmente fue fantástico, porque ello me permitió obtener méritos de investigación con los que aumentar mis posibilidades para promocionar.
Y fue satisfactorio ver que un día todos esos méritos me permitieron llegar, por el momento, hasta donde estoy ahora. Y digo “por el momento” porque, en cierta medida, aún me queda camino por recorrer y en ello sigo estando.
Estoy seguro de que todos hemos vivido esa satisfacción. Pero, particularmente, hubo algo en todas las experiencias que tuve que a mí me resultó más satisfactorio. Algo de lo que no suelo oír hablar mucho a otros compañeros. Al menos, no oír hablar tanto de ello, como de esa absoluta necesidad por publicar. Ese “algo” fue ver que el resultado de aquellas investigaciones podía ser útil para solventar el problema de alguien. Y en el campo de investigación al que me dedico, esto ha sido la tónica habitual siempre.
Recuerdo los psicólogos con los que trabajamos y su satisfacción al ver los resultados clínicos obtenidos tras la utilización de los sistemas virtuales desarrollados. Satisfacción que, inmediatamente, les hacía pensar en que ese era el camino que había que seguir, que era necesario continuar investigando, porque, probablemente, sistemas similares podrían aplicarse también al tratamiento de otros trastornos psicológicos.
Recuerdo también a los fisioterapeutas y neurólogos con los que trabajamos y su satisfacción al ver que los resultados clínicos obtenidos evidenciaban la gran utilidad de los sistemas virtuales desarrollados para motivar a los pacientes a realizar ejercicios de rehabilitación motora y cognitiva. Satisfacción que, inmediatamente, también llevaba a dichos profesionales a plantearnos que era necesario seguir investigando en ello: contándonos otras problemáticas que tenían, preguntándonos si sería viable una solución tecnológica de similares características, etc.
Todo ello se tradujo en una pregunta: “Pero ¿qué es lo que hay que hacer para continuar una línea de investigación?”.
Sin embargo, y a diferencia de cuando surgió la pregunta de lo que era necesario hacer para poder promocionar, para esta pregunta no resultaba tan fácil escuchar opiniones sobre lo que se debía o lo que se podía hacer. Y ahí es a donde quería llegar.
Desde mi desconocimiento, las únicas opciones que me vinieron a la cabeza al enfrentarme a esa pregunta fueron las siguientes: crear una cátedra o acudir a fundaciones interesadas en la financiación de mi línea de investigación.
Mi experiencia respecto a las cátedras es nula, pero el conocimiento que tengo sobre esta alternativa es que, al margen de tener que encontrar una empresa con la que establecer el convenio de colaboración, con la dificultad que ello conlleva, la cantidad económica que suelen aportar permite una continuidad interesante, pero no sé si suficiente.
Mi experiencia con las fundaciones me ha llevado a pensar que, normalmente, estas suelen estar más interesadas en financiar proyectos en los que participen socios de un prestigio consolidado (prestigio que vendrá bien para incrementar el de la propia fundación), que proyectos en los que sea interesante la utilidad que pueda suponer aquello que se pretende desarrollar en el campo profesional en el que se quiere aplicar.
Es posible que lo que comento en este editorial no sea realmente un problema tan grave como yo lo veo y que, en realidad, sí existen opciones para poder conseguir esa continuidad que planteo para las líneas de investigación, pero yo las desconozco. Estoy seguro de que hay personas en el Instituto ai2 que tienen mucha más experiencia que yo y que, habiéndose encontrado ante esta situación, conozcan muy bien cómo abordarla y las alternativas y mecanismos existentes para ello. Pero, aún así, mi sensación es que ese conocimiento, y esas alternativas y mecanismos no son tan conocidas. Y creo que sería importante que, con la misma facilidad con la que conocemos que para promocionar es crucial publicar, deberíamos conocer qué hacer para dar continuidad a una línea de investigación.